No hay padre o madre que no presuma de las actividades extras en las que participan sus hijos: Juanito está en karate, natación y ajedrez; Martita tiene clases de ballet, teatro y origami; Luisito está en futbol y en clases de ábaco y matemáticas…
Al parecer corren tiempos en los que los niños tienen agendas tan apretadas que los obligan a cumplir no sólo con el horario regular de la escuela, sino de forma adicional, con una serie de actividades que supuestamente estarían preparándolos para un futuro globalizado y de extrema competencia. La pregunta que flota en el aire es: ¿son necesarias?
Para el psicólogo clínico Guillermo Salazar, hay cierta tendencia a hiperestimular a los niños debido a la creencia, primero de que a corta edad son capaces de aprender muchas cosas de manera simultánea, y segundo, que es preferible mantenerlos ocupados a que estén viendo televisión. Estos padres están motivados por las mejores de las intenciones, dice Salazar. Sacrifican su propio tiempo y esperan que ese cúmulo de conocimientos les augure un futuro prometedor.
Él se pregunta, sin embargo, cuántas son producto de la presión de grupo, de la competencia entre padres, de la necesidad paterna de materializar sueños personales a través de los hijos o de la poca tolerancia que existe hacia el ser niño como tal, y cuántas responden a las habilidades e intereses de los hijos.
Y es que este psicólogo acostumbrado a trabajar con niños y adolescentes, ha visto cómo los pequeños saltan de una actividad a otra, con frustración, aburrimiento y agobio. O, cómo las clases de esto o aquello permiten a los padres evitar la convivencia con sus propios hijos, a quienes difícilmente entienden o soportan. Los niños hablan, se mueven, interrumpen… es natural, dice Salazar, pretender algo diferente es tener las expectativas equivocadas sobre los niños y la paternidad.
Su experiencia como psicólogo clínico le permite sugerir que las actividades que verdaderamente van a disfrutar, que los harán sentirse realizados y emocionados son aquellas a las que se vinculan de forma voluntaria. Para llegar a este punto, Salazar cree que primero habría que evaluar la situación desde diferentes ángulos:
¿Qué pasa con los padres? Salazar sugiere que los padres deben preguntarse qué es lo que ocurre en su núcleo familiar. Si las actividades se están convirtiendo en un escape de casa y de la convivencia con los niños; si no estarán proyectando necesidades o aspiraciones personales en los hijos; si la presión de grupo es la que los obliga a seguir el ritmo de los otros padres… Hay que partir de algo para establecer los razonamientos de por qué mi hijo asiste a esta y a esta actividad, dice este profesional.
Lo que ellos quieren. De las actividades a las que asisten los niños, ¿cuáles eligieron ellos y cuáles los padres? Según Salazar, para saber qué es lo que les gusta, hay que encontrar los espacios para ellos, de ellos y en función de ellos. Así sabrán que quizá tienen una veta más artística que deportiva. Si hago contacto con mi hijo, entro en su vida, sintonizo con él o ellos, sabré lo que les gusta y puede servirles, dice Salazar.
Respetarlos, por sobre todas las cosas. Quizá su elección no sea la que yo elegiría, pero es la de ellos y habrá que respetarla. Es un ejercicio de tolerancia hacia la diversidad, dice Salazar. Además, tal vez no se convierta en el mejor futbolista –como yo quisiera- pero más adelante sorprenda a todos cuando encuentre en la medicina o el periodismo deportivo, otra forma de plantear esa afición paterna.
Prueba y error. Los niños deben descubrir sus propias rutas e intereses, que quizá no tengan nada que ver con el ábaco, el ajedrez o el Garate. Habrá que apoyarlo hasta encontrar aquello que le produce placer. Tal vez se dé cuenta que finalmente no es lo que quiere, dice Salazar, pero uno estuvo ahí para escucharlo, para acompañarlo; él estará en paz con las personas que ama.
La mejor relación. Más que ir de un lugar a otro, de ajustarse a apretados horarios, de obtener todos los diplomas habidos y por haber, los niños esperan la presencia de las personas que son significativas para él. Esperan un tiempo para platicar, hacer cosas juntos, por muy bobas que sean, explica Salazar. Será un tiempo vital que les dará seguridad y los ayudará a tomar las mejores decisiones en su vida adulta.
Todo con medida. Según Salazar, cuando el niño tiene alguna dificultad con una materia, se justifica el apoyo de un tutor, pero no que éstas clases se conviertan en una extensión de la escuela, al grado que lo dejen sin tiempo para ser niño. Según este psicólogo, las anteriores generaciones no se vieron presionadas como las actuales a mantenerse ocupadas. Hubo más expresión de genialidad y creatividad y no manejaban esta filosofía del niño hiperestimulado, dice.
En los países del primer mundo, y por qué no decirlo, también en los nuestros, estamos viendo jóvenes con una falta de interés, deseo e ilusión por la vida, que uno se pregunta si no será acaso por esa presión a que son sometidos cuando son muy pequeños, que los deja exhaustos antes siquiera de convertirse en adultos. Es algo que todos deberíamos pensar.
Guillermo Salazar es filósofo y psicólogo por la Universidad de San Carlos de Guatemala, además es consultor para diversas organizaciones, entre ellas, la Fundación Soros-Guatemala.